sábado, 8 de julio de 2017

Escuela resiliente, comunidad reunida.

Una escuela resiliente no es la que llena sus espacios de slogans publicitarios. Una escuela resiliente no es la que manifiesta hacer actividades maravillosas, no es aquella que se aísla, que cierra sus ventanas y sus puertas herméticamente y que por dentro vive una pena desgarrante por sentirse invadida, estallada y superada por una realidad que no entiende.

Una escuela resiliente es la que asume el presente, no lo niega, lo reconoce y se mira. Se observa, se analiza, hace una introspección cuidadosa para reconocer sus potencialidades y sus recursos (de todo tipo), la que hace un balance de lo que posee, de lo que necesita, de lo que aspira y vuelve a pensarse. La inmovilidad y la impotencia no ayudan.

La resiliencia no es un discurso facilista, una receta de un sistema perverso que hace creer que hay que adaptarse al riesgo, a la adversidad amenazante y a los problemas. La resiliencia plantea un "Yo soy" no individualista, un "Yo puedo" sin falsas expectativas. La resiliencia sociocultural plantea un yo que reunido en un nosotros asuma el "desafío" de desafiar a la realidad, a las construcciones sociales y culturales que quitan libertades y derechos... pero también de construir algo distinto, porque ese nosotros es y se siente diferente. Ese nosotros, que nace del encuentro, del mirarse cara a cara y conocerse, del preguntarse y responderse en libertad, de la búsqueda de nuevas respuestas colectivas que nos identifiquen y nos unan, es distinto.

Cuando en un anochecer de un viernes lluvioso, de un invierno gris y húmedo, uno llega a una escuela que abre sus puertas, que ofrece una taza de una bebida caliente, muchas sillas vacías en círculo para que sean ocupadas por madres, padres, abuelos, chicos, hermanos, docentes, que convoca a una reunión que busca unir, que permite un tiempo de palabras, silencios, imágenes y sonidos, que facilita un agradecimiento sincero y un abrazo generoso... esa es una escuela resiliente, que permite que la noche aún lluviosa y oscura brille con la seguridad y la confianza en un otro que acompaña, en una esperanza activa que empuja a seguir y a seguir haciendo, sabiendo que estamos colmados de preguntas pero que tenemos con quién y con qué responderlas.



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