viernes, 12 de octubre de 2018

Novela R 2018: Sala de espera. Capítulo 4

Capítulo 4.
Punto de origen.

No supo desde cuando estaban ahí esperando. Para Felipe la función recién comenzó cuando entró abriendo la puerta gris y escuchó el rechinar de las bisagras. Desde ese primer instante pasó a ser un observador participante, cual antropólogo en una comunidad aborigen que recién conoce.

“Buenas tardes”, dijo titubeando. “Buenas noches”, contestó Milena; “buenas”, Alejandro; “buenas tardes” el resto. Dudando, se sentó en uno de los bancos individuales que estaba vacío. Los miró, primero de a uno y luego como a un todo. Le pareció caprichoso que estuvieran ahí, compartiendo esa espera. ¿Qué esperan? ¿qué espera los iguala?, se preguntó. Pero dejó que la duda explote como un globo y se dedicó a observar. Estaban en silencio hasta que, por alguna chispa, estallaba el diálogo, se generalizaba: participaban todos. No les extrañó la llegada de Felipe, ni le preguntaron nada, parecía que les fuera familiar. Después de él nadie más entró a la sala. Salvo la aparición de esa mujer.

Abrió una puerta que hasta ese momento Felipe no advirtió. Entró con energía, pero no bruscamente, segura de sus pasos, sabiendo lo que hacía y lo que tenía que hacer. Les hablaba a los demás tratándolos de usted, con distancia, pero dando pistas, en sus cortos diálogos, de que los conocía. Cuando llegó ésta, la primera vez para Felipe, se dirigió directamente a él. No saludó, no dijo ni buenas tardes, ni buenas noches. No dio señales del tiempo cronológico que, para Felipe ya era una cuestión que se desdibujaba, por lo tanto, una preocupación menos. Cuando estuvo cerca le extendió una hoja que sacó de una carpeta color negra y le dijo secamente: “Debe llenar su ficha”, él tartamudeó una respuesta y recibió la hoja sin poder sacarle los ojos de encima. La vio alejarse hacia la puerta y notó su vestimenta, un trajecito negro, con una blusa blanca que apenas dejaba asomar un diminuto cuello. La pollera era bastante larga y tenía unos zapatos negros que le parecieron atemporales, tal como su dueña. No podía adjudicarle una edad y menos aún un nombre. ¿Reina?, quizás, sí reinaba victoriosa. ¿Victoria? Sólo se diferenciaba del escenario por su función: parecía, sólo parecía (no había certeza) ser secretaria. En ciertas ocasiones, alguno de las personas de la sala así la llamó.

Se fue sin decirle nada a nadie. Recién después de que cerrara la puerta por la que entró, Felipe pudo mirar la hoja que le había entregado. Para su sorpresa, la “ficha”, tal como la mujer la llamó, era una hoja en blanco. Su ficha personal era una hoja en blanco. Después de que el asombro le diera un respiro, se entregó al desafío. Era la primera prueba de esa experiencia: ¿qué pondría en ella?, ¿qué datos le harían falta a esa secretaria misteriosa? Sintió la tentación de no escribir nada, sino de dibujar. Sí, haría un dibujo que lo represente y el que primero se le ocurrió y que después confirmó con fuertes deseos de realización era un garabato. Hizo un garabato y no cualquiera sino un ovillo desecho, un enjambre de líneas en el que no se distinguían ni principio ni final. Eso era él o mejor dicho, así estaba él en ese momento crucial de su vida. Un desordenado conjunto de ideas, sentimientos. Pero lo más importante, era que estaba dispuesto a dejar de lado esa vivencia y darse una forma que lo satisfaga, estaba decidido a reestructurarse, y éste era el inicio de ese camino, la primera estación de ese viaje en tren.

La secretaria entró nuevamente con su carpeta en la mano y sin mediar ni saludo ni introducción dijo, hablándoles a todos: “Necesito completar el lugar de nacimiento”. Todos actuaron como ya sabiendo las pautas del lugar, sin interrogantes y con paciencia de sala de espera. Contestaron uno a uno, como en un orden preestablecido: María Bertolucci: Marsala, Sicilia, Italia; Paco Brañas: Fisterra o Finisterra, España; Alejandro Prado: Puán, Provincia de Buenos Aires, Argentina; Malena Sosa, Quilmes, Provincia de Buenos Aires, Argentina; Ramón Melgarejo, Villarrica, Paraguay; Milena Bianco; Venecia, Italia; Yori Qocha, Uyuni, Bolivia.
       
Luego de la salida de la secretaria, por la puerta de siempre, se pusieron a hablar tranquilamente, pausadamente. Como autómatas o robots que habían recibido la orden de ponerse en funcionamiento, el retiro de la mujer había oficiado como el mandato o el permiso para dialogar y romper el silencio, que hasta ahora habían sostenido como la más importante de las partituras.

Conversaban entre ellos sin reconocer la presencia de Felipe, que sumaba un registro más a sus observaciones, ya que el oír sus voces podía completar su estampa. Cada uno parecía tener el tono perfecto en su voz y el ritmo más adecuado en su forma de hablar para completar el retrato. Felipe los escuchaba extasiado, como cuando se mira el atardecer, parecía una escena montada para él.

El tema del lugar de nacimiento de cada uno desató la charla. Como un grupo sentado alrededor del fuego sagrado, sangraron por una herida, describiendo el lugar donde nacieron y se trasladaron hacia allá, junto a sus oyentes.


Paco tomo la iniciativa. En sentido inverso a un gran devorador, no se tragó ninguna palabra, no ahorró adjetivo, no dejó una sola parte de su rostro sin encender frente a esa fogata primitiva que los unía.

Describió Fisterra envolviéndola con incandescentes palabras que la hacían aparecer como fantástica. Habló de sus puntas rocosas hacia el fin de una tierra y el comienzo de un mar infinito, el final de un camino en el cual solo queda volver. Caminos que se mueven en ese filo de navaja y que fueron recorridos por legendarios celtas, guerreros romanos, navegantes y pescadores bravíos que desafiaban al mar surcando ese filo que es la Costa de la Muerte y que se llevaba muchas almas a su dominio.

Paco narraba todo con los recuerdos conjugados en presente, llevando a todos hacia el abismo que presentaban esas rocas. Trasladaba a quien lo escuchaba con la facilidad de un mago, tal era su pasión por ese gran trozo de piedra enclavado en el mar. Los recuerdos de una infancia contados con la facilidad para armar metáforas, heredada de su abuela que era poetisa y analfabeta. Sí, porque en ella Paco vio encarnada su tierra, el fin yermo de letras de la tierra acantilada, que se deja empapar por el poder del mar que inunda de poesía, de imágenes, de sentido. María, la abuela, ponía en palabras todo lo que sentía, con ritmo y compás, con tonos y colores, que sabía desde ese dejarse mojar por la vida, por la muerte, por el fin y el comienzo que ese cabo rocoso le impuso como destino y que ella dibujaba en palabras sonoras para todos, especialmente para su nieto.

Entre sus manos, la roca, con el pez incrustado en ella, se encendía cual volcán. Paco aplacó su gran fuego, con un suspiro casi eterno de silencio.


Felipe presenció extasiado tamaño despliegue de emociones. Había que tener un caudal parecido para no sentirse opacado en tomar la palabra y seguir con la escena. Había que haber sentido tanto fuego cerca como Paco. Solamente el reflejo incandescente de un salar inmenso y de rocas volcánicas podía enfrentarse.

Yori Qocha empezó a hablar con el ritmo opuesto a Paco, reabrió un nuevo movimiento en esta sinfonía de recuerdos. El silencio del Altiplano imponía otro pulso a este caudal sanguíneo de recuerdos. Sólo ella, con su parsimonia andina, con la fuerza de la tierra dentro de esa vasija que escondía un puñado de sal y que descansaba en su regazo, sólo ella podía sostener un momento de palabras silenciosas.

Y empezó a hablar, imprimiendo imágenes imponentes. Narró desde el día de su nacimiento, en que su madre la nombró como la que amanece y despierta a la vida. Describió a Uyuni con la solemnidad y el respeto que el salar sin fin, los volcanes y las montañas nevadas a lo lejos, los minerales emergentes de la tierra y los restos de corales y conchas marinas eternas en el tiempo, imponen en el alma al mirarlas y más aún al nacer de sus entrañas. En semejante escenario, las palabras enmudecen de sonido, para convertirse en ecos vibratorios guardados en pechos y espaldas encorvadas. Hasta Paco logró aquietar las aguas de su mar del fin del mundo, para dejarse bañar por las aguas de una laguna de Bolivia, incrustada entre salares, montañas y volcanes.

No hubo en la vida de Yori historias en palabras estridentes, sino en colores brillantes, en carnavales coloridos y en fríos vientos sonoros. Las imágenes se superponen con un ritmo distinto: el trabajo en el salar, los inviernos duros que pasar, los caminos escarpados que salvar, moldeaban, a su gusto, a todas las almas que la tierra, como madre pródiga, albergaba.

Pero hubo alguien que rompió de un grito que, no se podía ahogar con tanta sal, el silencio de esa madre poderosa. La madre de Yori pudo, para verse proyectada en ese haz de luz que se abría al mundo y con él poder salvar a Yori de la condena rítmica de la tierra sobre ella y sus ancestros. Todos quedaron impregnados del frío y la dureza de la vida en el salar más impresionante de la tierra, el silencio pintó lo gris.


Felipe ya sentía lágrimas internas, recorriéndole el cuerpo, movilizando sus entrañas como un río subterráneo de emociones primigenias. Escondió su rostro entre sus manos, hasta que la voz de Alejandro Prado lo trasladó hasta otra inmensidad silenciosa.

Como un enamorado habla de su mujer, así el empezó a ponerle sonido al silencio de la pampa, que era otro disfraz de la Pachamama.

Describió el lugar en que Puán, su pueblo, estaba enclavado, con ritmo ancho, con horizontes lejanos, infinitos. Amplitud, grandeza, infinitud colmada de aire, eso era el campo. Y ahí, también con una laguna en sus entrañas, como un útero, y coronada por un cerro, Puan era cuna de historias y de luchas. En una mezcla legendaria de tolderías, indios, gauchos, conventos y cultivos de cebada, fue para Alejandro un gran portal. A partir de Puán, de la libertad de sus caminos, su aire, sus cuentos y sus personajes, a partir y desde Puán, se le había engendrado en su espíritu una energía vital, una alegría basal, una confianza básica en la continuidad eterna de la tierra, que nunca faltará bajo los pies.

Alejandro Prado nunca había navegado el mar, pero en el campo se sentía tan albergado como un navegante y su barco en el agua, como un niño en los brazos de su madre. Y esta imagen de madre tierra volvía a inundar la sala y, todos y cada uno le ponía el rostro, el color de piel, los ojos que deseaba, que siempre eran idénticos a esos, en los que se miraron desde el mismísimo origen.
             

A Felipe todos los sentidos se le habían agudizado. Como si sus sensores hubiesen aumentado desmedidamente su sensibilidad a los estímulos: las imágenes penetraban en su cerebro a borbotones, sin filtros. Sentía un shock de percepciones y de sentimientos. Se había vaciado totalmente de sus vivencias y como un papel secante absorbía sediento las historias ajenas. Su brújula cambiaba de norte en cada paso y su tren paraba en cada estación solicitada por el relator con toda sumisión. Nada se interponía entre él y lo narrado. Era todo oídos, era todo ojos, era todo piel, era todo boca, era todo nariz, era todo, menos lo que había sido hasta ahora. María dominó su gran vocación de cuentacuentos, por unos instantes, por respeto a su estupor. Fue la primera vez en que Felipe sintió que lo tenían en cuenta, aunque ella no se dirigió a él.

Empezó a hablar colmando el aire de campanadas, como las que se oían en las fiestas de su pueblo en Sicilia: Marsala. Comenzó diciendo que para ella el mar era una inmensidad que envolvía sus orillas con mantas de obsequios y sorpresas. Así se lo imaginaba desde que era muy pequeña y acompañaba a las mujeres a la playa a hacer, porque la gente siempre hacía algo, el hacer era la vocación. El tiempo era un entretejido de horas hechas, fabricadas, tejidas, lavadas, pescadas, cocinadas. Nunca había horas muertas. Al tiempo no lo mataban, lo hacían, lo construían. Y en ese hacer y quehacer, el mar era una fuente, que algunas veces daba, donaba, elementos con facilidad y otras la donación no era tan simple: mostraba algo y lo escondía en lo que para María eran mantas. Y así con ahínco y dedicación ponían toda la energía en quitarle lo que había exhibido para tentarlos. La existencia de esas cosas la conocían por transmisión de generación en generación; abuelos, padres, tíos, habían dedicado sus vidas a enseñar riquezas que el mar mostraba poco. María enumeró una lista interminable de regalos marinos: atunes, bonitos, caballa, sardinas, calamares, pulpos, langostas, caracoles.

El mar que se impone en el escenario de un ballet que, María describió con un vívido candor, la danza de las mujeres que con delicadeza y maestría extraen con sus delantales impecables del mar su regalo generoso. Una danza rítmica, inquieta y movediza que hace balancear el alma. María habló del mar.

Y también habló de la tierra labrada con amor, del vino con su calle, sus viñas, sus sótanos. Como hormigas en el hormiguero o abejas en la colmena, todos hacen. También recordó leyendas de fenicios, troyanos, romanos, árabes, normandos. Garibaldi y “Los Mil”!!!! Sí, también su tierra estaba sembrada de guerreros legendarios y de templos y monasterios, de lagunas y de playas, de fiestas sacras y otras más laicas en cantinas regadas por el mítico vino...


La sala queda envuelta en un olor festivo, casi nadie recuerda cosas tristes, María tiene el poder de colorear el alma con tonos vivos e inundarla con sones aún más vivaces que los de su propio corazón emigrante y desterrado. Felipe está feliz como un chico que sube por primera vez a un tren: las imágenes inundan su retina y se subió al cuento que escuchó con la misma entrega con la que el niño deja llevarse por ese caminante ferroso que se mueve por sí mismo. Se dejó llevar nuevamente, se dejó guiar, entregó su ser sin resistencias y gozó. Gozó plenamente.     


Solamente alguien que tuviera atragantado algo desde hace tiempo, que no había podido sacar, solamente quien tuviera un grito ahogado en el pecho, podía cortar de un tijeretazo este clima. Solamente un corazón contraído de dolor podía estallar en ese momento, al sentir tan cerca el latir de otros que se abrían como flores. Ese era Ramón. Aquel muchacho que corría por los cerros paraguayos gritando de impotencia se había convertido en este hombre con corazón hundido y cada vez más guardado. Este hombre al sentir tanto calor, no pudo más con el frío de su alma y en lugar de descongelarla lentamente, hizo estallar en mil cristales esa nieve eterna que lo ahogaba. Y no habló, sino que gritó fuerte su llanto.

Y los tonos coloridos se convirtieron en ocres llenos de humedad y verdes profundos, casi azules. Luego de esta primera descarga de pintura, estridente y rotunda, pudo comenzar a dar unas pequeñas pinceladas, a éste, su cuadro. De a poco, como acomodándose en fila en su garganta, las palabras pudieron salir y decir, y hablar de su cuna de tierra colorada. De cómo ella se encumbraba en cerros y se bañaba en arroyos, de cómo se vestía con vestidos verdes de selva y bosques. Pudo hablar de esa dama a la que amaba locamente porque había nacido en ella, pero que con el oxígeno de sus profundidades lograba ahogarlo, desesperarlo y buscar locamente una salida, una huída, para no verla más. Para sentirse liberado y desde lejos verla más pequeña, más fácil de abrazar, más de su tamaño.

Pudo contar también lo previo a su huída, el trabajo duro de su padre, a veces con la pesca, otras con la caña de azúcar, la falta de recursos, la explotación que convierte al hombre en un animal arisco y desconfiado. Así veía a su padre que se había transfigurado en eso, a fuerza de fracasos, pero que siempre le decía (y era lo único que le decía): “andá a la escuela”, como sabiendo que era el único puente que le podía permitir a su hijo ir más allá y no quedar atrapado en su destino.

Recordó a su madre y las otras mujeres de su familia, tejiendo sentadas las delicias de los turistas que ávidos de ese tejido artesanal las alababan sonoramente. Y él creciendo de a poco, y de a mucho en la adolescencia. A los doce, las corridas bajando del cerro a los gritos ya no lo calmaban y empezó a pensar en la huída. El abrazo inmenso a su madre y la mirada infinita de su padre lo empujaron a bajar por última vez el cerro gritando de frente a su destino.         


En la sala se proyectaban una y otra vez las películas y Felipe las miraba, escuchaba y vivía una tras otra y luego del final quedaba temblando con la resonancia y el eco que cada una dejaba tintineando en el aire. Una tras otra retumbaban en la sala, que, después de tanto reflejar colores, volvía a su color habitual: el neutro gris, el ambiguo y soso gris, que era el telón natural de todos ellos.


Como respondiendo a un llamado, Malena intervino para que el grito de Ramón no sea eterno. Su voz se elevó en el aire dando idea de cuan larga era su figura. Alta, delgada, finamente estilizada, se irguió en el medio de la escena. Así era su actitud ante la vida, comenzó a decir que en su historia también había inmensidad de tierra y de agua, había pasiones y quehaceres.

En su mano todo parecía útil y servía para algo. Se crió en la simpleza de un hogar en el que desde temprano había algo para hacer, la quinta, el gallinero, los pájaros, la comida. De nuevo la tierra y sus seres, presentes en el cuento como protagonistas. Pero no todo era tarea, había bailes, paseos y otros momentos para compartir con otros la alegría de pertenecer a ese lugar, a su música, a su equipo deportivo, a sus historias y leyendas. Eran tiempos de crearlas, de vivirlas, de formarlas, para que después, mucho tiempo después haya que contarlas y repetirlas a quienes serían los depositarios de semejante equipaje que los hará también pasajeros de ese mismo tren.

En Quilmes todo estaba haciéndose, tal como ellos: hacían y se hacían. Malena no le dio un final a la relación con su lugar, todavía la estaba tejiendo y no deseaba terminarla. Con su fino, sencillo y delicado vestido azul oscuro con lunares blancos y cuello blanco, con su collar de perlas de una sola vuelta, con su cara ahora llena de arrugas, pero con su alma de veinte años, esperó a que la orquesta tocara un próximo vals para bailarlo, feliz y plena.   


Felipe supo, hasta ahora, de finales con abruptos cortes, con enamoramientos eternos, con alegrías permanentes, con cercanías y distancias, con recuerdos y presentes. Pero aún no sabía del dolor profundo que hace ver al pasado como un futuro irrealizable e imposible. Recién lo aprendió con la última escena de la cual iba a ser espectador.


Milena no pudo mantener la sensación feliz en el ambiente, como no podía mantenerla ni en su vida ni en sus ojos. Los ojos se posaban en el hoy, pero su mirada estaba enclavada en el ayer. Aún no había podido cortar ese cordón umbilical que la unía a su lugar. No había querido abandonarlo y él dejó clavada su alma un desgarro final, que la dejó si brillo y casi sin vida.

En su Venecia natal hubo momentos de una felicidad que parecía eterna, fiestas, paseos, comidas, amores. Pero, también guerra, bombas, muerte. Mas nada como para abandonarla. No podía recordar el instante fatal en que dejó que la llevaran. No recordaba el recorrido último, no podía recrear el viaje del desenlace.

En su cuna había barcas, redes de pescadores, canciones alegres, también el mar y los peces, el trabajo y el hacer de manos hábiles, puntillas y tejidos finos, ladrillos y paredes, manos rugosas y toscas y otras suaves y delicadas. Había amor y pasión desenfrenada, amores permitidos y prohibidos, frutos dulces y deseados y otros sorpresivos y más ácidos.

Pero aún no había descubierto cuál se había convertido en la razón de su destierro, la causa de sus males.
María Gabriela Simpson 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Novela R 2018: Sala de espera. Capítulo 3

Capítulo 3.
Rostros, miradas, historias... nombres.

Todo se da vuelta…

Lo gris aparece y es más perdurable que su realidad. El gris de la sala como un cuadro estático, congelado, como un juego de estatuas, que existen, que coexisten pero esperando el halo vital que las haga danzar. Figuras que aparecen como estatuas, pueblan lo gris, lo habitan, lo ocupan, lo toman prisionero de otros colores. En lugar de cada objeto una persona hay, llena su vacío y su volumen, son el perfecto ballet entre símbolo y representado, que entero se muestra para dejar al otro el valor de una bandera, de un escudo, de una idea particular que todos se hacen al mirar. Se descubren, se insinúan, se dejan ver para iniciar el acto número uno de la obra, para un solo espectador, para el que solo se escribió este drama. Aparecen...

La cadena reluce y brilla con el fondo verde del pulóver que cubre un cuerpo cálido, ancho, que da cobijo, que abraza sin brazos, que enternece. María Betolucci lleva con un orgullo tranquilo esa corporalidad, feliz, gozosa. Con sus manos apoyadas en su regazo toma y mueve el pañuelo con un ritmo rápido y cadencioso. Desde su cintura parece verse un delantal claro, limpio brillante, eterno y permanente, tan limpio como todas las toallas del momento. Todo blanco aunque reinara la humildad; todo blanco, de algodón, cálido y absorbente. Ella tiene chispas en su mirada, ritmo en su decir, y en su gesticular, le impone su compás a todo lo que la rodea. El delantal trae imágenes y recuerdos como productos de la pesca, tal como lo hacía antes en la playa de Marsala en Sicilia, donde con pericia de pescador se metía al mar y traía en él los productos que el mar regalaba en tiempos de carencias. Con esa misma alegría, con ese mismo mar, con esa punta rocosa como escenario, con la eternidad, con el ser pleno...


(María lo embelesó con su presencia, pero su tendencia era más fuertes, aún, aún...leyó una definición perfecta, compacta, redonda, exacta: “Entre el “otro significativo” y el niño se establece un vínculo fuerte y constructivo, que permite poseer un diálogo fluido, contar con una confianza básica, identificar el sentido de la vida y dimensionar la trascendencia del ser humano, el sentido último de la existencia, la realización plena del proyecto humano, asumir la trascendencia del hombre.” Sí, María le despertaba esa confianza básica y le mostraba y le contaba la vida con sentido. Todavía llenaba las vivencias con pensamientos, aunque la duda inyectaba con una fina aguja la primera pregunta: ¿qué le había pasado a él con los “otros significativos” en su historia?)


El fósil marisco de la piedra, el Longueirón, deja su lugar a Paco Brañas. No muy alto, rojas sus mejillas encendidas, ojos que bailan al son de su sonrisa, con una mirada que mira, pero que ve un mar eterno, barcas danzantes por un lado, y por otro, monstruos rocosos que se pelean por dejar abierto el camino al pueblo. Desde la cabeza de uno de estos colosos, el fin y el principio del mar y de la tierra se aúnan en una danza, traen un profundo halo que penetra en los pulmones para dar cuenta del trabajo duro de la pesca. Todos esos destellos en esas chispeantes pupilas, que los años transcurridos desde la partida de la luminosa Fisterra, no han podido opacar.     


(“... El “macrosistema”: contexto cultural, económico y político: instituciones, ideologías, participación, memoria colectiva, etc., tendrá un impacto indirecto en el desarrollo del niño... También la participación en actividades religiosas, asociativas y comunitarias permite alcanzar conductas resilientes...”. Se quedó pensando en lo anterior, la duda lo volvió a asaltar: ¿cómo y por qué Paco abandona Fisterra si le dejó en la memoria y en las pupilas semejante destello?, ¿qué había fallado en ese “macrosistema” que seguramente le regaló hasta adolescente tantas huellas para que lo haya dejado partir? Meditó, sintió cercana la presencia y el calor de alguien, de una persona y dejó de pensar, se dejó invadir por esas sensaciones corporales: el mar, el viento, la luz del sol y el olor intenso de la pesca... la computadora también entró en función dormir...) 


Otra encendida mirada busca un interlocutor; otras pupilas divertidas, un espejo cómplice. Tiene la piel curtida, brillante y con las marcas de la vida llevadas con orgullo. Con el mismo tono positivo que algunos compañeros de sala y de espera. Él no espera, se levanta, camina, medio encorvado hacia delante, no se puede quedar quieto. Su boina entra y sale de su pelada colmada de estrellas. Se acomoda la faja en la que el cuchillo parece subrayado. Sus bombachas y su chaleco acompañan al pañuelo que parece coronar la imagen. No es hombre de estar esperando, antes de pensarlo hay que hacerlo, se ríe sonoramente y sus arrugas acompañan la carcajada escondiendo los ojos claros que trae de algún antepasado gringo. Es el campo, la inmensidad del campo y la eternidad del campo. Con la dimensión casi infinita de los caminos se llega a su primera morada: Puán. Campo, laguna, cerro, todo habla en un idioma de infinitud. Es feliz y eterno, es Alejandro Prado, es.


(Como por arte de no se sabe qué mago virtual, aparece ante sí en su monitor: “La persona que posee este tipo de Autoestima se caracteriza por tener: capacidad de aceptación de sentimientos e inclinaciones propios, tanto positivos como negativos; motivación de logro, entusiasmo, interés; autosuficiencia, confianza en sí misma, independencia; actitud dirigida a la resolución de problemas;  menor evitación de los problemas; menor fatalismo frente a situaciones difíciles; capacidad creativa...” Las características coincidían con el personaje que acababa de presentarse ante sí. Su actitud, su rostro y las miradas, no sólo de este último sino también de los anteriores, eran la segura confirmación de que esas personas tenían la autoestima en el mejor de sus estados. Ante esas presencias, antes sorprendentes, ahora habituales, también se ponía como objeto de análisis y sentía, volvía a vivir y a revivir aquello que guardaba no como un tesoro dentro suyo, o como un secreto, sino como burbujas que flotaban dentro de su ser sin saber dónde ubicarse, si romperse o seguir flotando indefinidamente. Era hora de tomar un alfiler y convertirse por fin en algo nuevo. Corrió frente al espejo, saliendo de su somnolencia informática y se miró tratando de descubrir algún pequeño brillo en sus pupilas, nunca antes se había mirado así. Aparecería algún resplandor en sus ojos cuando estaba frente a otro. Descubrió que las miradas y las palabras de los otros le importaban más que nada. Y otra vez la teoría: “El niño empieza a buscar la mirada de otros y espera ser mirado. El primer espejo son las miradas de sus padres, de la positividad de esta primera especularización dependerá el desarrollo de su Autoestima en un proceso de narcisización: proceso por el cual se logra una formación interna a través de operaciones psíquicas particulares que impregnan al psiquismo de imágenes, rasgos y formas del otro: percepciones provenientes del mundo interhumano. Identificación, introyección, fase del espejo, imitación son parte de dicho proceso. Se produce un déficit primario de narcisización cuando este proceso no se da normalmente... bla, bla, bla, bla...” Hubiera querido volver atrás y ser un espectador de su historia para descubrir... ¿para descubrir qué?, ¿qué podía cambiar? ¿qué alivio podía sentir?

La historia ya la sabía, un padre y una madre que por azar lo engendraron, con amor pero por casualidad, no lo deseaban y no lo proyectaron, se dedicaron a sus vidas dejándolo al cuidado de Vilma, a la que siempre tuvieron celos y nunca le reconocieron nada de lo que hizo. Ya empezaba a reconstruir su historia frente al espejo cuando de nuevo lo invadió el color de los últimos días.)


Malena Sosa apareció con su repasador blanco, que competía en resplandor con el pañuelo de María, y su cuchillo pequeño en la mano, sentándose en la silla baja, para esperar: ésa era su especialidad. Como si mirara por una ventana verde: el infinito podía esperar. Y una manzana era el trabajo más adecuado para dejar pasar el tiempo, en una espera lenta, con ritmo de siesta, que sólo se inquietaba con el rumor de una hoja seca movida por el viento. Era parte del grupo que tenía luces en los ojos. Su cara surcada con un enjambre de ríos que inundaban una historia apasionada, dedicada siempre a algo. Otra vez el “hacer” daba el tono al personaje, que jugaba con conformidad su historia, sin quejas esperando y haciendo, haciendo y esperando: cortando, pelando, lavando, cocinando, planchando y esperando... Una felicidad tranquila de haber vivido intensamente las historias del Quilmes de antaño. Con ella, no todo era fácil. Marcaba su territorio y sus ideas peleando a capa y espada, no cedía. Pero, con su tozudez siempre volvía mansamente a la espera, con ritmos de tangos y de valses, que salen de cualquier tipo de radio, cortando la manzana.           


(A medida que el tiempo pasaba, iba reconstruyendo su historia, con el disparador de cada uno de los personajes que iban apareciendo. La última en aparecer hizo que la figura de Vilma volviera a dibujarse. Sentía por ella un cariño entrañable. Le encantaba poder recostarse en su cuerpo, apoyarse en ella. Encontraba muchas explicaciones para ese fenómeno, en especial la idea del adulto significativo, ese que le da al niño atención, cuidados, apoyo y grandes expectativas, sin que se sienta agobiado. Vilma era de esa clase de “personas significativas” que identifican y sienten el estado emocional y las necesidades del niño, que promueven una comunicación sensible: emocionalmente expresiva, con interacciones enriquecedoras y estimulantes. Lo cuidó desde recién nacido hasta la adolescencia, cuando la madre ya creyó que tenía la edad justa para bastarse por sí mismo. Ella ya estaba grande y cedió ante el pedido. Se alejó de él y su figura se fue esfumando de su vida, dejando su lugar al vacío, hasta que la muerte un día, la reubicó en el presente de él cuando ya era un joven, casi un hombre. Desde ese momento, el sabor amargo de la desmemoria dejó su rastro. Muy poco había hecho por ella, casi nunca le había expresado cuán importante había sido en su vida: ni siquiera le había agradecido sus flanes, que tanto le gustaban. Cuando los tenía, estaban, pero cuando le faltaron no pudo decir nada. En una sola ocasión expresó la angustia de su falta: cuando tenía dos años, Vilma tuvo que viajar al campo por la enfermedad de un familiar, se paraba en la puerta llorando desconsoladamente. Sólo se calmó cuando de nuevo vio su rostro. Ahora Malena le devolvía esa desazón, pero a la vez la certeza de que no había estado siempre solo.)   


Ramón Melgarejo sentado en uno de los bancos, con el cuerpo inclinado hacia delante, mira el puñado de tierra colorada que brilla como una isla en el mar gris de la mesa. La tocó con sus manos ásperas, curtidas por el trabajo duro. No sabe por qué ni para qué lo hizo, pero la última vez que estuvo en Villarrica, metió en una lata vieja y oxidada que guardaba juegos de niño, una bolsa de tela con un puñado o dos de la tierra del patio de su casa. Fue un gesto que le brotó del alma, como cuando corría como loco desde el cerro queriendo escurrírsele al destino. Su espalda se parte del dolor. Su cara, surcada con arrugas, muestra la cantidad de horas que pasa al sol por su trabajo. Sus ojos no tienen brillos estelares, sino tristes reflejos de anocheceres con deseos de robar luces, de ahogar fogatas. Entiende que el destino o quien fuera, lo tiene acorralado y esta vez no puede correr desde los cerros. Se siente vencido, no puede.


(Cuando se esfumó la escena, él sintió por primera vez que la sala no sólo le traía caras brillantes y vibrantes, también tenía dentro suyo rostros que demostraban distintas respuestas ante los interrogantes y los cuestionamientos de la vida. Empezó a sentir una densidad distinta y una intensidad que lo inundaba cada vez más. No podía compartir esto con nadie. Sus padres sabían de sus días lo mínimo, los datos más básicos, como si fuera una ficha personal. Tenían pocas ocasiones en que hablaban de cosas profundas e íntimas. El contacto corporal también era el convencional, saludos formales y pocas palabras cariñosas.

Con la única que desarrollaba una expresividad plena era con Laura, desde los primeros encuentros se sintió libre y con deseos de mostrarse tal como era. La deseaba de la misma forma, el amor no iba envejeciendo, aunque a veces sentía que se iba agotando su resistencia a los problemas, aunque ella nunca se lo dijo ni dio muestras de cansancio. Lo amaba desde adentro y sentía una auténtica confianza como para no ocultarle nada y para poder decirle todo, hasta lo negativo. Sí, sentía frustración porque él no era pleno, ese déficit parece que se hubiera capitalizado en la historia de ella: había logrado todo lo que había propuesto: estudiar, ser una profesional exitosa, pero no un éxito tal como los triunfalistas lo conciben, era el éxito de poder llevar a la realidad sus ideas y lo poco que sabía. Justamente era la carencia de él. Con ese desajuste la balanza parecía estar equilibrada, pero ¿era sano? ¿podía durar mucho esa condición? Él envidiaba su posición, su forma de hacer las cosas y ella admiraba sus ideas, su pensamiento. Pero en él algo se estaba acabando y debía darle otra forma a su vida y la sala lo instaba cada vez más a dejar caer algunas paredes, sin decírselo a nadie y modificando los cimientos de su castillo.)   


Milena Bianco tiene un gris en sus ojos que no puede ocultar, ni disimular. Es el gris de la niebla. Como mimetizada con la niebla de Venecia, con tal niebla que ni el sol más hermoso y adorado puede disipar, está gris también su alma. Con esa bruma marina espera sentada, con la cabeza inclinada como en un cuadro. Con sus manos recorre de memoria, sin mirar, la máscara de porcelana blanca y negra, que guarda dentro de su hueco: ecos de voces, carnavales, bullicios y bombas, como un caracol esconde el rumor de las olas de un mar de invierno. Recorre el paseo de la costa, montada en su mágico pez de cristal de murano, viendo a toda la ciudad como desde una barca. Mira la sala y no ve, su cara es ahora la máscara triste del teatro, ¿dónde ha perdido la otra que tan bien le quedaba? ¿en qué barco o en qué puerto se le ha caído? Frota con sus manos arrugadas al pez y a la máscara, como si fueran la lámpara de un genio que pueden devolverle, la careta del personaje que reía a carcajadas estridentes y sonoras, para colocársela por siempre.


(Recordaba los cuentos de Vilma, en que los personajes saltaban por entre las dificultades ayudados por amigos fieles, perros que consolaban con su sola compañía, padres adoptivos que nunca desaparecían, abuelos que cuidaban como una madre. Recorrió con su memoria casi todos los títulos de la colección Robin Hood que su madre conservaba, esa larga lista de libros también le habían dado tantas historias de personas resilientes. Literatura de resiliencia, género que el historiador Angelo Gianfrancesco analizó de una forma impecable, su estudio lo deslumbró por los conceptos. Era uno de los ejemplos de lo que él definía como “orgasmos intelectuales”, los gozaba de una forma plena, admiraba a los autores que de manera simple podían expresar tanta verdad junta. Lo sentía un poco exagerado como para decirlo en voz alta, pero en su intimidad sentía deseos de alabar a Dios por semejante vivencia. Confirmó cómo los cuentos dejaron en su vida, imágenes que ningún otro espectáculo pudo grabar en él. Recordó las tardes que, sentado en la sillita que su padrino le regaló, al lado de Vilma escuchaba sus historias, viviéndolas plenamente. Supo que cada uno de los personajes de la sala podía regalarle muchas, sólo había que dejarlos hablar. Pero a Milena no le habían sido de mucha utilidad. Leyó “…la Resiliencia se hace en parte con una dialéctica de la memoria y del olvido.” Lecomte, 2003. Milena no había podido mediar en esa dialéctica y le había dado todo el poder a la memoria y abandonado al olvido, que tantas veces sana los males. “El buen uso de la memoria y el olvido”, tituló a este fragmento. Todavía no podía dejar los hábitos intelectuales completamente.)


En el más gris de los rincones, los reflejos de una aurora feliz contagian alegría y diversión. Es que Yori Qocha tiene abiertos sus ojos. La boliviana de la sonrisa amplia como el mar, dientes de salar y piel sulfurosa ilumina con su sola presencia. Tiene en su regazo una vasija con un puñado de sal de Uyuni. No se sabe si está agachada o sentada, pliega su cuerpo adaptándolo al lugar, tal como su alma. Viene de las entrañas de la tierra, de volcanes, montañas, salares, lagunas, islas, todo junto y colocado con el gusto y la perfección que sólo la naturaleza tiene. Nació en un amanecer y sonriendo, por eso su madre la llamó con ese nombre: la que amanece despierta, mar y laguna. También lleva como otros la inmensidad en los ojos, el infinito grabado en el alma, para desplegarlo como un mapa, para andarlo. 
   

(El nombre. La importancia del nombre. La importancia del nombre dado por una madre con amor. Hilaba, hilaba una idea con la otra, impresionado por esa madre que nombra de una forma exacta, perfecta y reconociendo la riqueza que entre sus brazos tiene. Nombra con amor y discernimiento.
“… los daños causados por el desamor de una madre pueden ser más graves que estar en un campo de concentración”, Tomkiewicz.
Pensaba en su nombre, lo escribía con la mente en todas las paredes, con distintos colores, letras y sensaciones. Lo escuchaba con diferentes voces, se deleitaba. Escuchó la primera vez que su madre lo nombró: lloró, lloró, lloró. Recién nacido ante esa nueva sensación sintió, sintió, sintió. Percibió con sus oídos, pero también con su alma, los latidos de ese otro ser, que lo nombraba, que lo identificaba. No pensó, ni pre-sintió, sintió cómo esa mujer se expresaba, como podía, quizás quería de otra forma, pero sus posibilidades eran esas y había que aceptarlas. Lloró largamente, como nunca. Y se nombró, pudo nombrarse: Felipe. Felipe. Felipe, Felipe, Felipe, Felipe... Hasta quedarse dormido y entrar, por mucho tiempo al gris, a la sala de espera, en la espera, con la esperanza y la desazón de otros, que también lloran, ríen y esperan ser nombrados. )
María Gabriela Simpson